Todas las fotos por Drew Smith.
La escena reflejada en el lente de Drew confirma lo absurda que es nuestra situación: Siebe tiembla en una reunión aérea. Lleva más de una hora esperando para asegurarme. Puedo ver a Sean también. Al igual que yo, está tratando de raspar el hielo de una fisura congelada. En vez de escalar, me encuentro martillando con un sacashock. Hemos estado en esta pared por once días; los últimos siete esperando que mejore el tiempo. Nos encontramos en la Patagonia, en el largo 23 de Riders on the Storm, y aún tenemos un duro trayecto por encima. A estas alturas ya empiezo a preguntarme si nuestra única posibilidad de completar la ruta en libre depende de cuánto estemos dispuestos a sufrir. Llegado a este punto, golpeo el hielo más para conservar el calor que para limpiar el largo. ¿Qué hago aquí?
Llevo un par de décadas escalando, pero esta es la primera vez que decido hacerlo en tales condiciones. La temperatura está bajo cero. El viento aúlla. La roca se encuentra repleta de hielo. Apenas puedo sentir mis dedos dentro de los guantes, por no hablar de mis pies, que no siento en lo absoluto. Al mismo tiempo, la idea de quedarnos varados en nuestros portaledges por otros dos días debido a la tormenta que se avecina me convence de que no perdemos nada con intentarlo.
Repaso en mi mente cada uno de los movimientos y piezas de protección necesarias para el próximo intento, preparándome para cada riesgo posible. Trato de llenarme de optimismo, pero el tiempo, la exposición y el silencio de mis compañeros hacen que mis dudas vayan creciendo.



















